sábado, 27 de septiembre de 2008

PARABOLA DEL SAMARITANO




La parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37)


Este texto narra el encuentro entre Jesús y un escriba interesado en saber qué hacer para obtener la vida eterna (v. 25). Jesús lo remite a lo que está escrito en la ley, y el escriba entiende que Jesús se refiere al mandamiento del amor a Dios y al prójimo (vv. 26-27). Al final Jesús lo invita a convertir aquella palabra en acción concreta: “Haz respondido correctamente. Haz eso y vivirás” (v. 28).

En un segundo momento del diálogo el escriba, preocupado por una cuestión casuística que tenía gran importancia entre los rabinos, le pregunta a Jesús: “¿Y quién es mi prójimo?” (v. 29). Después de discutir mucho, los escribas llegaban siempre a la misma conclusión: el prójimo es todo miembro de la alianza, todo miembro del pueblo de Dios (Ex 20,16-17; 21,14.18.35; Lv 19,13-18). La pregunta del escriba revela la mentalidad del judaísmo del tiempo de Jesús, hecha de restricciones y barreras donde interesaba sobre todo la definición jurídica de la persona a quien se debía amar.

La parábola del buen samaritano es todo lo contrario. Jesús se aleja de las disquisiciones legalistas y teóricas y presenta un caso humano. Él no pretende resolver el problema jurídico que se planteaba el escriba, sino presentar la cuestión de otro modo totalmente distinto. Después de contar la parábola, la pregunta fundamental para Jesús es: “¿Quién de los tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los bandidos?” (v. 36). En relación con la preocupación inicial del escriba el salto de cualidad es evidente. Jesús invita a superar toda especulación teórica y evasiva sobre el contenido que había que dar a la palabra “prójimo”. Preguntándonos quién es nuestro prójimo sólo lograríamos establecer diferencias entre las personas y hallar razones para no comprometernos en favor de los demás. Para Jesús la noción de “prójimo” no está sujeta a una definición jurídica, sino al amor misericordioso vivido concretamente que no conoce fronteras.

En la parábola Jesús describe en qué consiste y cómo actuar la misericordia. El samaritano simplemente actuó, se acercó al hombre tirado en el camino y acudió eficazmente en su ayuda. No se nos dice qué reflexiones hizo o con cuál finalidad última realizó su gesto. Simplemente se dice que actuó movido por la misericordia. Para Jesús “hacerse prójimo” significa hacerse cercano, entablar relación con “el otro” que está en necesidad o es víctima injusta, y actuar misericordiosamente, es decir, dejarse tocar por el dolor y la miseria de los demás.

La parábola propone lo que podríamos llamar los “tres pasos” para realizar el amor misericordioso.

(a) (a) Ver.- El samaritano no “dio un rodeo” como los profesionales de la religión que pasaron antes de él. Para el samaritano fue decisivo el hecho de encontrar a un hombre que lo necesitaba, a uno que había sido víctima de la maldad humana y sufría tirado por el camino, más allá de diferencias de raza, religión o nacionalidad. No pasó de largo en forma inconsciente. Lo vio, se acercó y se detuvo.

(b) (b) Experiencia de misericordia.- La frase “tuvo compasión” del v. 33 traduce el verbo griego splangnízomai, que indica la conmoción interna de las entrañas. El samaritano interiorizó en sus entrañas el sufrimiento ajeno, lo hizo parte de él y lo convirtió en el principio primario de su actuación. Es la com-pasión auténtica, el cum-patire, el padecer-con. Antes que acción la misericordia debe ser actitud interior, principio unificador e inspirador de todo cuanto hacemos y decimos.


(c) (c) Acción eficaz.- El samaritano de la parábola encarna lo que significa amar concretamente y en forma eficaz hasta el fondo. Su amor no conoce límites, ni barreras, ni fronteras de ningún tipo. Es un amor de misericordia semejante al que ha manifestado Dios en Cristo. Se compromete en forma práctica en favor del hombre que está tirado en el camino. Su amor eficaz traduce en obras una actitud fundamental ante el sufrimiento ajeno, en virtud de la cual se reacciona para erradicarlo, por la única razón de que existe tal sufrimiento y con la convicción de que, en esa reacción ante del sufrimiento ajeno, se juega, sin escapatoria posible la propia existencia. La experiencia de la misericordia, en efecto, realiza el compromiso fundamental por el Reino, pues actuando de ese modo nos comportamos como Dios y al estilo de Dios. Es el único camino para alcanzar un día la plena comunión con él (“heredar la vida eterna”).
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